Ahora que seremos lo que somos
(Meros ejercicios para reinvidicar lo cotidiano)

A  José Antonio García Gallardo, por ser  alma, raíz y corazón de
este cuento que a continuación les detallo.

I.
Acuérdate bien que ayer le cerraste la puerta a una avispa más joven que tú y
que yo.
Quizá sólo quiso picarte como otros lo hicieron en un tiempo pretérito, pero
creíste
que este mordisco te iba a doler, que durante días te dejaría huella.
Hace poco conocí a un cocinero que entre platos sucios y sartenes al fuego le
escribe
cartas a su doncella,
le dice que no la echa de menos, porque si lo hace, qué sentido tiene que
estemos juntos,
apenas te conozco -le dice- pero eso me importa poco,
en el fondo ayer cumplimos sólo nueve años menos un día,
¿qué tal te ha ido el trabajo?
bien sabes que hoy como ayer, llegaré tarde,
pero confío en  que sabrás dejar tus ojos ni del todo azules ni del todo verdes
un poco
abiertos para que pueda sucumbir a su destello,
sé que lo intentarás aunque ya estés durmiendo.
dejaré mi huella grabada sobre tu frente antes de desconectar la lámpara,
sé que lo percibirás aunque ya estés durmiendo,
y a falta de souvenirs de floristería te dejaré sobre la silla un ramo de perejil y
laurel envuelto
en papel de albal.

Ni yo he sido cocinero ni tu doncella,
más bien hemos jugado a ser el cazador y la presa, o viceversa,
asfaltando caminos que ya estaban bien cuando eran de arena,
Filant amb meduses que reza un verso en catalán,
de Quito a Barcelona sin pararse a repostar,
tal vez hemos envejecido por insensatos o por incrédulos,
nunca supimos escribir cartas ni estamparnos besos
¿Quién por defecto y quién por exceso?
Qué más da.
nos cubrió el polvo y ninguno supo alertar al servicio de limpieza,
descuidamos los acordes, compusimos la canción.

Me consta que al final hiciste migas con la abeja,
-deduzco que tanto llovía que sentiste pena-
que incluso la bautizaste Manuela.
Buenas noches y buena suerte.
Por cierto, al final al cocinero se le prendió una cazuela  por culpa
de una gota de agua – algunos dicen que lo vieron llorar-
y aunque perdió la vista a causa del fuego,
no cesó de vomitarle bellas palabras a su doncella.

II.

Seamos francos -seré sincero-,
a partir de hoy no escribiré versos ni tristes ni bellos,
no me fijaré en las rubias que pasean en bicicleta o en las que
se dan la mano,
no apelaré a la compresión ni a la tardes de domingo en el sofá,
No ayudaré a transportar maletas ni prestaré mi paraguas cuando
el tiempo lo requiera y las tabernas estén ya llenas…

Volverás a llamarte por tu nombre y yo seguiré siendo un tal Muñoz
que nació en un pueblo de dos calles del que nunca tuve recuerdo,
que un día tomó un lápiz para dejarlo a los pocos días y volver a
retomarlo  -así será mientras haya cosas que no se digan pero
se puedan relatar-
que fue para dejar de ser y volver a ser de nuevo,
aunque un tanto escarmentado.

Quizá seguiremos viendo pasar a las liebres por delante nuestro,
Tú en la terraza de un bar y yo en otra,
a muchos kilómetros de distancia.

* Fragmentos de un libro futuro

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* Biografía pendiente