A los once

A los once años comencé a fumar. Le robaba cigarrillos a mi padre y me iba al parque, donde siempre encontraba con quién compartirlos. Ahí conocí aquel verano al viejo alemán que leía constantemente una novela de Turguéniev en Ruso,
y que confesaba no entender una sola palabra.
O la chica de nombre extranjero, con la que nunca hablé,
y de la que solían decir que era redonda,
indefectiblemente redonda donde uno se tuerce,
donde uno se vuelve siniestro ante los desatinados caminos del diestro.
Todos nos sentábamos bajo el nogal,
con la conciencia nítida,
haciéndonos un hueco en un Edén
maltrecho:
los hermanos gemelos
que en la siesta soñaban con la misma mujer
y ya despiertos se miraban celosos,
el estudiante de derecho, que quemó sus libros una mañana
reivindicando justicia para no sé qué pueblo oprimido;
la camarera de discoteca,
que se dejaba tocar por el filósofo lusitano,
al que sedujo tanto Sócrates, que se propuso olvidar cómo se lee.

También la chica que no pudo entrar a la universidad,
y se liaba cigarrillos con la mano izquierda mientras con la derecha
se tatuaba en la ingle
versos de Olga Orozco,
no hay puertas, entre perro y lobo, en el fondo de todo hay un jardín,
ahí está tu jardín.

Nadamos mar adentro un lunes, al antojo del oleaje. Habíamos bebido mucho, pero no nos preocupaba ahogarnos. Era emocionante y hermoso como una ejecución. Luego salimos a duras penas unos, a otros hubo que ayudarles a salir. Incluso hubo quien no alcanzó la orilla, y ahora nada para siempre en un mar que es más grande aún, y cuyo mugido, a veces, explica nuestras palabras.

La chica a la que le gustaba llevar braguitas blancas
se presentó un día llorando: la intentamos consolar
de mil maneras, con mil palabras, pero ella seguía
con su llanto crecido en la edad de las tormentas:
sus ojos amarillos cielo
se habían nublado con un humo espeso, y luego entró en un silencio
desde el que aún mira, detenida, sin ver.

Yo me había dejado crecer el pelo, y me gustaba tumbarme en la hierba,
y fumar muy despacio. A veces
metía la cabeza en el hueco del nogal, que era como una cueva, o como una cabaña,
sí, confortable como una cabaña en la que guarecerse del temporal.
Miraba fijamente al techo
intentando entender la forma de las ramas. Pero después de todo
se comprenderá que pensar es ir a tientas
de una fantasía a otra.

Algunas tardes solía venir
una pareja de ingleses. Nos hablaban de que hay que ser solidario
y humilde, y que con un poco de cada uno, todo mejoraría mucho. Yo pensaba que solidaridad es una palabra horrible con sonido de orfanato.
Sin embargo, los demás les prestaban muchísima atención,
la niña bretona que siempre me tuvo enamorado
vibraba con sólo mirarles. Era encantador.
La chica inglesa tenía el pelo un poco sucio,
y un cuerpo de Venus embrutecida.
Miraba al cielo cuando hablaba
con sus ojos luminosos,
como buscando seguridad divina
en el dios que tantas veces negábamos.
Sus palabras
llenaban el aire con un tono
entre eclesiástico y erótico
que me enternecía.
Así pasaban aquellos días.

Luego se acabó el verano,
y cada cual volvió a su rutina.
A veces lo echo de menos. Salgo de casa, compro cigarrillos,
y regreso al parque vacío.
Y entonces pienso que el nogal,
atemorizado por el asedio del leñador,
se provocó la oquedad.

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* Nacido en León, 1980. En 2001 publico mi primer poemario, De las palabras palomas (Diputación de león, colección Provincia, N 123). En 2006 publico Comunicado (Ed Leteo, Colección Azul de Metileno, N 14.) Soy también autor del cortometraje documental Tripulantes.

(Biografía tomada de “Las afinidades electivas“)